We are not the beast: an alternative sociological reading of Lord of the Flies.
Federico Pozo Cuevas
Departamento de Sociología, Universidad de Sevilla
fpcuevas@us.es
Recibido: 30/08/2025 / Aceptado: 18/09/2025
| Resumen El artículo aborda las interpretaciones de la novela de William Golding centradas en su consideración como una parábola moral que refleja una visión pesimista de la naturaleza humana, sugiriendo que la agresividad es un instinto básico. Frente a la recurrencia de esta lectura determinista, se propone una lectura sociológica alternativa, distanciada del pesimismo antropológico de corte hobbesiano e inspirada por el cuestionamiento que la obra de Rutger Bregman Dignos de ser humanos (2019/2021) supone para las interpretaciones que consideran que lo que ocurre en la isla es una verdad generalizable. El Señor de las Moscas (1954/2019) es una poderosísima ficción que tiene un enorme potencial para ilustrar conceptos sociológicos básicos, incluyendo particularmente los de conflicto y agresión. Se propone así adoptar una perspectiva más sociológica para explicar la violencia que se desata en el argumento a través de construcciones sociales, no de fatalidades innatas. Se trata en última instancia de reivindicar para la novela un nuevo potencial didáctico para las ciencias sociales, que favorezca eflexiones sobre la violencia basadas en factores sociales y alejadas de la idea de que portamos una bestia interior. Palabras clave El Señor de las moscas, Naturaleza humana, Sociología, Desorganización social |
| Abstract The article addresses interpretations of William Golding’s novel that focus on its consideration as a moral parable reflecting a pessimistic view of human nature, and suggesting that aggression is a basic instinct. In contrast to this recurring deterministic reading, an alternative sociological reading is proposed, which is distant from Hobbesian-inspired anthropological pessimism and driven by the questioning that Rutger Bregman’s work Deserving to be Human (2019/2021) poses to interpretations that consider what happens on the island to be a generalizable truth. Lord of the Flies (1954/2019) is a powerful work of fiction that has enormous potential to illustrate basic sociological concepts, particularly those of conflict and aggression. The aim is to adopt a more sociological perspective to explain the violence that unfolds in the plot through social constructions, rather than innate fatalities. Ultimately, the aim is to reclaim a new didactic potential for the novel in the social sciences, encouraging reflections on violence based on social factors and moving away from the idea that we carry an inner beast. Keywords Lord of the Flies, Human nature, Sociology, Social disorganization |
Sugerencia de cita / Suggested citation: Pozo Cuevas, Federico (2025). No somos la bestia: una lectura sociológica alternativa de El Señor de las moscas. Distopía y Sociedad: Revista de Estudios Culturales, 5, 28-42
1 INTRODUCCIÓN[1]
El Señor de las Moscas (The Lord of the flies) fue la primera novela (1954/2019) del británico
William Golding, premio Nobel de Literatura en 1983. La historia ha sido llevada al cine con el mismo título en dos ocasiones, en 1963, dirigida por Peter Brook, y en 1990, dirigida por Harry Hook. Cuenta cómo un grupo de escolares, todos chicos y únicos supervivientes de un accidente aéreo, afrontan el hecho de encontrarse sin ningún adulto en una isla desierta. Tanto la novela como sus adaptaciones al cine narran la forma en la que los niños se desenvuelven en esa situación, tratando de organizarse para alimentarse y ser rescatados, pero acaban enfrentados y provocando muertes violentas.
Son muchos los trabajos, tanto audiovisuales como bibliográficos, que ofrecen interpretaciones de la historia (sea la obra de Golding, sean sus adaptaciones al cine) desde el campo de las ciencias sociales, invitando con ello a su uso como recurso para aprender o reflexionar sobre nociones sociológicas básicas. De una u otra forma, estos trabajos señalan que la obra ayuda a ilustrar conceptos sociológicos fundamentales como los de socialización, normas, conflicto, violencia y, en particular, la noción de sociedad misma, tanto desde el punto de vista de su establecimiento como de su descomposición. Pero, sin perjuicio de lo anterior, lo que también se encuentra en estas interpretaciones en clave sociológica, y está aún más presente en muchas otras, son las alusiones a la historia como fábula moral y con ello a la asunción de que la novela y la motivación con la que fue escrita representan una reflexión pesimista o distópica sobre nuestra naturaleza. Tanto su título, una forma arcaica de nombrar al demonio, como las reflexiones del escritor extendieron desde su aparición la interpretación
de que la obra muestra la agresividad como uno de nuestros instintos básicos y que contrapone
civilización y barbarie mostrando que lejos de la primera, si resultáramos arrojados en grupo a una isla desierta, nos volveríamos menos humanos. Así, por ejemplo, trabajos como el de Brasil-Campos (2017, p. 97) afirman que la historia «muestra el deterioro creciente de la conducta de gran parte de los niños respecto a las normas de sociedad y una inmersión en un estado de barbarie donde imperan la violencia, la crueldad y el asesinato». Por acabar confluyendo con estas lecturas pesimistas sobre la condición humana, cabe destacar también las interpretaciones de El Señor de las Moscas que ponen el acento en lo simbólicos o alegóricos que resultan, a esos efectos pesimistas, ciertos elementos de la historia. En este sentido se ha aludido tanto al propio título, algo que ya se apuntó, como al dibujo de cada personaje en torno a un rasgo central que los contrapone a otro o a otros (bondad vs. maldad;
democracia vs. tiranía; razón vs. «salvajismo»…). También al papel o los mensajes que portan en el argumento acciones como las danzas y los cánticos u objetos como la caracola, las gafas, la hoguera, la cabeza de cerdo o la «presencia» a la que todos acaban temiendo y a la que llaman la bestia.
Lógicamente, no cabe sino respaldar la pertinencia de todas estas lecturas que, además y como
se ha dicho, resultan coincidentes con la del propio autor y que la crítica ha ligado a su experiencia vital, marcada por una percepción negativa de su propia personalidad (Bregman, 2019/2021) y las ansiedades sociales del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, elementos que contribuyen a configurar la novela como un reflejo del sesgo personal del autor y su tiempo y no necesariamente como una verdad universal (Moradan, 2019; Barrio, 2021; Bregman, 2019/2021).
Tampoco procede soslayar que estamos ante una novela de ficción; ni que El Señor de las
Moscas sería sólo una entre las infinitas manifestaciones literarias que alimentan representaciones en negativo sobre la condición humana. Pero es una muy poderosa. La historia de un grupo de niños que sobreviven a un accidente y se ven obligados a adaptarse a un entorno absolutamente diferente a aquel de donde vienen, formando una comunidad en la que acaban matando(se) hace irresistible que se recurra a ella para ilustrar nuestra inclinación natural a la violencia. Y es precisamente lo recurrente de esta lectura, no sólo entre las interpretaciones literarias o filosóficas de la novela sino entre las que se consideran sociológicas, lo que provoca este artículo. ¿Sólo cabe esa lectura sociológica de El Señor de
las Moscas o de lo que ocurre en ella? Plantearnos si somos malos, crueles o salvajes en cuanto
tenemos la oportunidad o nos quedamos libres de la sociedad puede ser un motivo literario o filosófico, pero no es una respuesta de utilidad sociológica o criminológica a la pregunta de por qué nos enfrentamos, agredimos o matamos. Y aunque, como se ha sugerido ya, el propio novelista y muchas interpretaciones de su obra inviten a pensar que estamos predispuestos a causar(nos) daño, es posible proponer una lectura de El Señor de las Moscas que ayude a comprender mejor, más sociológicamente, el conflicto grupal o la conducta violenta. Al menos que lo consiga si se quiere usar la novela o sus adaptaciones al cine como recurso de aprendizaje para estudiantes que se inician en la sociología, la criminología o la psicología social. Esta lectura alternativa se basa precisamente en distanciarse críticamente del tipo de interpretaciones que se han apuntado hasta aquí. Se basa en contraprogramar el instintivismo o el pesimismo antropológico de inspiración hobbesiana. En este sentido, el artículo se alinea con la perspectiva que considera la novela de Golding una falsa parábola sobre la condición
humana (Bregman, 2019/2021; Narbona, 2024).
Lo que en última instancia pretende apuntalar este artículo es el hecho de que se pueda recurrir a la novela para entender el enfrentamiento y la agresión con una perspectiva más sociocriminológica. Eso es lo que permitiría aprovechar mejor el enorme potencial que tiene la novela para ilustrar nociones sociológicas básicas (sociedad, socialización, normas, roles, instituciones…) y sugerir explicaciones de la violencia más asentadas en dichas nociones y, por tanto, y si se nos permite la expresión, más criminológicas que filosóficas.
Para ello, este artículo propone en el segundo y tercer epígrafes un recorrido por las
interpretaciones que podemos denominar distópicas, instintivistas o antropológico-pesimistas, las que ponen el acento en la supuesta condición agresiva o incluso malvada del ser humano o en la contraposición entre lo civilizado y lo salvaje. A continuación, el cuarto y quinto epígrafes presentan lecturas diferentes, aunque no del todo distanciadas de estas interpretaciones. Se trata en todos los casos de un recorrido con vocación ilustrativa pero sin carácter exhaustivo ni sistemático. Posteriormente, un sexto epígrafe cuestiona todas estas interpretaciones con base en la obra del historiador Rutger Bregman Dignos de ser humanos. Finalmente, a partir de la impugnación que el trabajo de Bregman representa para el realismo de lo narrado en la novela (o al menos para su capacidad de ser extrapolable a toda realidad), un séptimo epígrafe invita a usar como recurso de aprendizaje El Señor de las Moscas con una perspectiva diferente, netamente sociológica, más atenta a sus costuras argumentales y que por eso permite encontrar en lo narrado explicaciones de la violencia que desvelan lo limitado (criminológicamente hablando) que resultan las interpretaciones ancladas al aliento filosófico del autor, sin duda legítimas, pertinentes y coherentes con la condición de ficción literaria que posee nuestra historia; pero también menos útiles en nuestras aulas de ciencias sociales,
menos rebeldes o provocadoras, dados los tiempos reaccionarios que corren, y por eso mismo más necesarias, menos cegadas por el fascinante poder de la bestia que, ideológica o políticamente, ya acecha dentro de nuestras sociedades.
2. LA VISIÓN PESIMISTA DE LA NATURALEZA HUMANA
De acuerdo con la lectura más generalizada, la novela de Golding se erige como un ejercicio
distópico y una alegoría en negativo de la naturaleza humana, representada como malvada y salvaje. Varios trabajos convergen en la interpretación de que lo que sería al inicio una sociedad ideal, compuesta por niños sin la influencia de los mayores, se transforma progresivamente en un escenario de caos y decadencia moral donde la conducta infantil se deteriora hasta alcanzar un estado de barbarie marcado por la violencia y la crueldad (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Moradan, 2019; Barrio, 2021; Padalino, 2022).
Esta visión pesimista de la naturaleza humana se alinearía con la conocida máxima de Thomas
Hobbes «el hombre es un lobo para el hombre» (Homo homini lupus) (García Vidal, s.f.; Historiadores Histéricos, 2009; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019). Golding, influenciado por la traumática experiencia de la Segunda Guerra Mundial y el desencanto que esta dejó en su sociedad (Barrio, 2021), postularía que, desprovisto de las ataduras que implica la sociedad y las leyes, el ser humano alberga una naturaleza egoísta, brutal y orientada a la dominación (Moradan, 2019; Barrio, 2021; Lorenzo, 2022; Padalino, 2022). Como se apunta en el trabajo de Urraco Solanilla y Martínez Moure (2019), el novelista sugiere que el hombre produce maldad igual que la abeja produce miel, y que un escenario de ausencia de normas conlleva la degeneración como consecuencia inexorable.
Varios trabajos argumentan que la perspectiva de Golding, y su alineamiento con Hobbes,
confronta con las ideas de Jean-Jacques Rousseau, quien defendía que el hombre es bueno por
naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe (García Vidal, s.f.; Historiadores Histéricos, 2009; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019). En la novela se nos mostraría lo contrario. Los niños, arrancados súbitamente de la sociedad, se dejan llevar por una naturaleza intrínsecamente malvada (Padalino, 2022). La obra subrayaría así que la civilización es solo una delgada pátina que enmascara el mal dentro de cada individuo, y cuya ausencia permite que los instintos más primitivos tomen el control (García Amado, 2015; Moradan, 2019; Barrio, 2021). Esta idea, sobre la que se vuelve en el siguiente epígrafe, es clave para entender el colapso de la comunidad que, tras el accidente, se establece en la isla.
Aunque los niños, con Ralph como líder, comienzan instaurando un orden, este comienza a
desintegrarse por la acción de personajes como Jack, cuya personalidad carismática y autocrática encarnaría un deseo de poder y crueldad innatos (Lorenzo, 2022; Padalino, 2022). Jack atrae a otros niños hacia su grupo de cazadores, mostrando la facilidad con la que la recién establecida sociedad sucumbe a los instintos más básicos (Brasil-Campos, 2017; Barrio, 2021). Interpretaciones sociológicas como la de Urraco Solanilla y Martínez Moure (2019) arguyen que la novela destaca cómo la socialización previa de los niños, y los principios y valores que esta socialización les habría inculcado, se olvidan o diluyen en ausencia de los adultos, llevándolos a una corrupción moral extrema y al salvajismo. La interpretación de Brasil-Campos (2017) señala que el camino hacia la crueldad es un sendero sin retorno una vez iniciado.
En este descenso, la bestia no sería en realidad una entidad o amenaza externa, sino la
encarnación de los impulsos salvajes que anidan en cada niño. A esto señalaría el título de la novela, una de las formas en que se aludía a Belcebú (Brasil-Campos, 2017; Moradan, 2019; Barrio, 2021; Martínez Rodríguez, 2021). El mal que llevamos dentro se enciende y propaga entre los niños, quienes, a pesar del entorno escolar del que proceden, se ven arrastrados a la agresividad (UNAM Mirador Universitario, 2021; Padalino, 2022). El personaje de Roger, por ejemplo, tranquilo en los primeros pasajes de la historia, evoluciona hacia la crueldad al percibir la ausencia de leyes que condenen sus actos (Padalino, 2022).
Todos los trabajos citados coinciden en apuntar que El Señor de las Moscas es una ficción
poderosa y atemporal por su capacidad para hablar de la condición humana y la lucha por el poder en cualquier contexto social. Golding, a través de su relato sobre la degradación moral de unos niños sin la supervisión de ningún adulto, ofrece una visión contundente de lo que ocurre cuando la humanidad se despoja de las estructuras de la civilización y permite que nuestro interior prevalezca (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Moradan, 2019; Barrio, 2021; Padalino, 2022). La novela mostraría que, sin normas ni respeto, incluso niños educados pueden descender al salvajismo y el asesinato (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021).
3. LA DIALÉCTICA ENTRE ORDEN Y ANARQUÍA
Como se acaba de exponer, buena parte de las interpretaciones sociológicas de El Señor de las
Moscas resaltan la visión pesimista de Golding sobre la naturaleza humana, presentándola como propensa a hacer(nos) daño una vez alejada de las constricciones sociales (Cardona, 2019; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021). Este epígrafe se hace eco de otras interpretaciones presentes en los trabajos que invitan a «leer» la novela en clave sociológica o psicosocial, la que alude a lo frágil que resulta (políticamente hablando) la civilización, y en la dialéctica entre orden y anarquía, o entre democracia y autoritarismo, que se desarrolla en la isla.
La obra ha sido leída como una alegoría de la lucha por el poder, la autoridad y la legitimidad
(UNED, 2020), así como una representación del origen y devenir políticos de una sociedad. Desde el inicio de su estancia en la isla, los niños, como efecto de su socialización previa, intentan establecer un orden social que imita el mundo que conocen. Ralph, el líder elegido democráticamente, encarna la civilización, la racionalidad y la esperanza en el rescate (UNED, 2020; Lorenzo, 2022; Padalino, 2022). Su sistema se basa en la sensatez y el aplomo, proponiendo una asamblea como órgano de decisión colegiado y el encendido y mantenimiento de una hoguera que sirva de señal, de petición de auxilio (Historiadores Histéricos, 2009; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019). La caracola, encontrada por
Piggy –personaje que simboliza la sensatez e inteligencia– (Cardona, 2019; Moradan, 2019; Padalino, 2022), se convierte en un emblema fundamental de este orden democrático, garantizando el turno de palabra y el consenso (Historiadores Histéricos, 2009; Martínez Rodríguez, 2021). Las gafas de Piggy, utilizadas para encender la hoguera, simbolizan la inventiva humana, el progreso y la capacidad de mejorar la existencia (Historiadores Histéricos, 2009; Moradan, 2019). Este intento inicial de sociedad, caracterizado por la delegación de autoridad y la búsqueda de la cohesión grupal, representa un modelo de liderazgo democrático que busca inculcar una visión común de cooperación y rescate (Lorenzo, 2022).
A partir de aquí, se interpreta que la obra de Golding muestra, y postula, que la civilización es un velo delgado que enmascara los instintos más básicos del ser humano (García Amado, 2015; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Moradan, 2019), y cuya fragilidad se evidencia ante la ausencia de la autoridad adulta y de normas establecidas, lo que conduce progresivamente a la desintegración de este orden (UNAM Mirador Universitario, 2021; Padalino, 2022). Jack, el antagonista de Ralph, representa la fuerza bruta y el autoritarismo. Desde el principio, Jack muestra escepticismo ante la posibilidad de rescate y anhela el poder, subvirtiendo el sistema democrático de Ralph mediante la instauración del miedo y la promoción de la violencia (Martínez Rodríguez, 2021; Lorenzo, 2022; Padalino, 2022). Su grupo de cazadores, caracterizado por las pinturas corporales y las lanzas, encarnaría la barbarie, el
gregarismo y la crueldad (Historiadores Histéricos, 2009; Cardona, 2019; Lorenzo, 2022).
La idea (y el temor) de que en la isla existe y les amenaza un monstruo, la bestia, se va
propagando entre los niños y se acaba convirtiendo en un argumento para infundir miedo y provocar reacciones por parte de Jack, quien utiliza el miedo o el odio a la bestia para consolidar su poder y justificar actos de crueldad (Cardona, 2019; Moradan, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021). La dialéctica entre el orden y la anarquía se intensifica a medida que la autoridad de Ralph se debilita. El miedo a lo desconocido y la falta de responsabilidad individual socavan el sistema democrático, creando un terreno fértil para el auge de un liderazgo autocrático (Lorenzo, 2022). Los intentos de Simon, un personaje bondadoso e intuitivo, por revelar que la bestia no existe, o no es algo que exista como tal ahí fuera, culminan en su trágica muerte a manos de los demás niños (Cardona, 2019; Moradan, 2019).
Este acontecimiento, que Cardona (2019) describe como cambio catastrófico, simbolizaría el triunfo de la irracionalidad y la violencia sobre la razón y la verdad (UNAM Mirador Universitario, 2021).
La destrucción de la caracola y el asesinato de Piggy a manos de Roger, marcan el punto de no
retorno en el descenso a la barbarie y la desintegración total del orden político civilizado (García Amado, 2015; Cardona, 2019; Moradan, 2019; Martínez Rodríguez, 2021; Padalino, 2022). Realizando una lectura sociopolítica de este descenso (Historiadores histéricos, 2009), podría situarse en el punto de partida (o primer escalón) el orden democrático, un sistema que da voz y voto, derechos y deberes a todos los miembros al frente del que se sitúa un líder (representante) elegido por mayoría o unanimidad. La impugnación o el desborde de este escalón conduciría al autoritarismo encarnado en una personalidad carismática que asume el poder sobre el grupo a la vez que lo somete a su voluntad recurriendo a las emociones (divertirse, comer, cazar, combatir, vengar) y al miedo. Al final de la escalera, en la oscuridad, se situaría el salvajismo más instintivo, el dominio de las pasiones individuales, la anarquía en la que Jack y su grupo sumen a la isla dejando completamente atrás los principios aprendidos en la sociedad de la que proceden y recreados a su llegada, en torno a la caracola.
Al final de la novela, la llegada del oficial de un barco que ha acudido al rescate (atraído por las
llamas del incendio mediante el que el grupo de Jack daba caza a Ralph), enfrenta a los niños con la realidad de su transformación, los arrastra al llanto y al dolor por ser conscientes de ello. Para algunos trabajos este desenlace plantea la inquietante pregunta de si la civilización es solo una pátina que cubre una naturaleza humana violenta, agresiva (Moradan, 2019; Barrio, 2021). Desde esta lectura sociopolítica de la novela, se apunta que esta sugiere que, sin la existencia y el respeto a normas legítimas (compartidas), se puede sucumbir a la violencia y el salvajismo (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021).
4. UNA LECTURA DESAFIANTE, ¿NATURALEZA HUMANA O CONSTRUCCIONES
SOCIALES?
istanciándose de las lecturas que enfatizan el pesimismo antropológico de Golding sobre una
supuesta naturaleza humana predispuesta a la barbarie (Cardona, 2019; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021), el presente epígrafe y el siguiente exponen interpretaciones que, aunque mantienen ciertas conexiones con las anteriores, vinculan el origen de la violencia en construcciones sociales antes que en fatalidades innatas. Es el caso del artículo de Sara Martín Alegre (2019), que propone desbordar las lecturas predominantes y nos permite enriquecer la enorme capacidad de la obra para ilustrar nociones sociológicas.
La tesis central de Martín Alegre (2019) radica en que El Señor de las Moscas no debe ser leída
como una reflexión universal sobre la naturaleza humana en general, sino como un análisis de la masculinidad patriarcal que conduciría a contrastarla con otros modelos alternativos de masculinidad. Para la autora, la percepción de la masculinidad como un todo monolítico equivalente al patriarcado es un error que, entre otras cosas, priva a las mujeres de valiosos aliados masculinos en la lucha por la igualdad. No hay que definir patriarcado como una institución dedicada a la opresión de las mujeres, sino como una forma de organización social que privilegia a aquellos que articulan su vida pública y privada sobre la base de un supuesto derecho al poder. La autora sostiene que la sociedad se divide entre quienes se rigen por patrones jerárquicos basados en el poder y quienes prefieren la colaboración, y que en ambos grupos se encuentran tanto hombres como mujeres.
Desde esta óptica, Martín Alegre sugiere que la novela de Golding no narra simplemente la
reacción de (todos) los hombres ante una situación extrema, sino cómo determinados chicos, con claras inclinaciones patriarcales, aprovechan las circunstancias para imponer un estilo de gobierno autoritario y violento, destruyendo la norma racional defendida por otros. Jack encarnaría así esta masculinidad patriarcal, agresiva y jerárquica, mientras que Ralph, el líder inicial, representaría una masculinidad no patriarcal que propone una convivencia comunal sin agresión. La evolución de Jack y sus cazadores, con sus pinturas corporales y sus lanzas, puede ser vista como la adopción de una brutalidad organizada, donde el miedo a la bestia es instrumentalizado por Jack para consolidar su poder autocrático y justificar la violencia, revelando un egoísmo patriarcal. La desintegración del orden, según Martín Alegre, se produce porque el individuo patriarcal se siente con el derecho a actuar sin respetar a los demás, una manifestación de egoísmo que la autora considera la clave de lo que se llama maldad,
un concepto metafísico que disimula el egoísmo patriarcal básico (Martín Alegre, 2019).
Un aspecto interesante del trabajo de Martín Alegre es el debate sobre las adaptaciones de El
Señor de las Moscas con elencos exclusivamente femeninos. La propuesta (fallida) de una adaptación cinematográfica a cargo de Scott McGehee y David Siegel (2017) generó controversia, con argumentos que sostenían que la trama no podría desarrollarse solo con mujeres. En cambio, la producción teatral dirigida por Emma Jordan (2018) con un elenco femenino, aunque mantuvo los nombres masculinos de los personajes, mostró que la violencia, el tribalismo y el ansia de poder no son patrimonio exclusivo de los hombres. Más allá de estos debates, Martín Alegre sostiene que es completamente imaginable una versión de la historia donde sólo hubiera mujeres, no por una supuesta crueldad inherente a las chicas,
sino porque en cualquier grupo humano, sin importar el género, existen individuos atraídos por el patriarcado y la promesa de sus derechos egoístas. La autora llega a afirmar que, a medida que el feminismo empodera a las mujeres, se observa que una minoría de ellas también puede desarrollar conductas patriarcales, interesadas en la dominación y la explotación, llamando la atención sobre figuras políticas femeninas que no buscan la liberación sino el poder.
En última instancia, Martín Alegre apunta que el objetivo de la crítica de Golding con El Señor de las Moscas son los hombres patriarcales, y no la masculinidad en su totalidad. La novela, escrita por un veterano de la Segunda Guerra Mundial en el contexto de la Guerra Fría, conecta la barbarie tribal en una isla perdida con la barbarie de una supuesta civilización militarista nuclear. Ambas, sugiere la autora, serían manifestaciones de la violencia patriarcal. Esta lectura no solo invita a una interpretación más matizada de un clásico literario, sino que también nos impulsa a reflexionar sobre la naturaleza del poder y la violencia desde una perspectiva que trasciende las categorías esencialistas de género, poniendo el foco en las construcciones sociales del patriarcado como el verdadero motor de la barbarie.
En cualquier caso, es relevante considerar la propia justificación de Golding sobre la
composición exclusivamente masculina de su obra. Según Cisneros (2016), el autor eligió
deliberadamente a varones para la novela argumentando su propia experiencia como hombre y su deseo de representar una visión de la rebelión masculina que condujera a la decadencia social, evitando la complejidad de introducir temas sexuales. Aunque Golding buscaba retratar individuos en conflicto con el comportamiento civilizado más allá de estereotipos de género, Cisneros (2016) apunta que, si bien las actitudes destructivas como la envidia o la crueldad surgirían en un grupo de niñas, la historia se habría desarrollado de manera diferente en términos dramáticos, relacionales y narrativos. Esta perspectiva se alinea con Martín Alegre al sugerir que la cuestión no reside en una maldad inherente a un género u otro, sino en las distintas formas en que se manifiestan las ansias de dominación y poder. Así, tanto la crítica de la masculinidad patriarcal como la reflexión sobre la elección del elenco masculino por parte del autor señalan al mismo objeto de reflexión: cómo las dinámicas de poder y la inclinación
por el recurso a la violencia se configuran socialmente, al margen de una supuesta naturaleza humana uniforme.
5. EL MIEDO COMO CATALIZADOR DE LA BARBARIE
Ahondando en la idea de que la violencia y el conflicto son productos de construcciones sociales más que de una naturaleza intrínsecamente malvada, este epígrafe se centra en cómo en El Señor de las Moscas la desintegración del orden social y el subsiguiente surgimiento de la violencia no se presentan como una manifestación inevitable de una maldad innata, sino como un proceso activado y acelerado por el miedo a lo desconocido y la ausencia de una ley o una autoridad (Brasil-Campos, 2017; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Rueda, 2019).
Desde esta perspectiva, cercana o alineada con las expuestas hasta ahora, pero con matices
propios, la obra mostraría lo frágil que resulta (traspasar) la línea entre la civilización y la barbarie. Sugeriría que la interrupción de la socialización puede tener consecuencias perversas. Los niños, a pesar de haber tenido una socialización previa y de ser depositarios de valores culturales civilizados, los van olvidando en ausencia de adultos que controlen la vigencia y el cumplimiento de normas (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021).
Un elemento central en la génesis de esta barbarie es la creencia en una bestia externa, que,
aunque irreal, es manipulada hábilmente para justificar la crueldad y establecer un régimen autoritario basado en el terror (Cardona, 2019; Moradan, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021). Los rumores sobre esta criatura se hacen cada vez más patentes, y la idea aterra a los niños, dando pie a la «emanación de un dios que surge del miedo» (UNAM Mirador Universitario, 2021). Jack, el líder con rasgos autoritarios (Cardona, 2019; Lorenzo, 2022), se erige como el cabecilla para un grupo que se articula en torno a la convicción de que existe un enemigo al que atacar o del que huir (Historiadores Histéricos, 2009; Cardona, 2019). La bestia se convierte en su principal fuente de poder, una entidad omnipotente y omnipresente que no existe, pero que el líder utiliza para manipular la realidad e infundir miedo (Cardona, 2019; Moradan, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021). Cubriéndose el cuerpo con pinturas de caza (o de guerra), Jack y sus cazadores se organizan en torno a la brutalidad, con base en un miedo (a la bestia) instrumentalizado para consolidar el «yo mando» y justificar la violencia (Historiadores Histéricos, 2009; Cardona, 2019; Barrio, 2021). La máscara que llega a ponerse, como señala Cardona (2019), libera a Jack de conciencia o autorreproche moral, permitiéndole negar la realidad.
En este contexto de miedo y manipulación, el papel de Simon se destaca como el de un
personaje introvertido que actuaría como conciencia del grupo (Cardona, 2019; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Barrio, 2021). Es el único que comprende que la bestia no es un monstruo ni una fiera que anda suelta, sino algo que se esconde (y asusta) en el interior de cada uno (Cardona, 2019; Barrio, 2021; UNAM Mirador Universitario, 2021). Su búsqueda de la verdad sobre la supuesta bestia lo lleva a descubrir que no es más que el cadáver de un paracaidista. Sin embargo, la verdad que Simon trata de mostrar al grupo (lo que hemos creído una bestia tiene explicación, lo que estamos haciendo por temerla es lo que debería preocuparnos) resulta silenciada violentamente (Cardona, 2019; Moradan, 2019; Barrio, 2021; UNAM Mirador Universitario, 2021). Los chicos, abrumados por el miedo y la euforia tribal, confunden la sombra que corre a avisarles de lo que ha visto (el paracaídas agitado por el viento y el paracaidista muerto) con la bestia y lo matan a golpes. Este brutal asesinato simbolizaría el rechazo a la razón y la verdad por parte del grupo que ha sucumbido a sus impulsos más salvajes (Cardona, 2019; Moradan, 2019; Barrio, 2021; UNAM Mirador Universitario, 2021).
De manera similar, la figura de Piggy representa la voz de la razón y el defensor del orden, cuya
inteligencia le permite plantear problemas y soluciones acertadas (Cardona, 2019; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Padalino, 2022). Sus gafas serían un símbolo de los logros científicos al servir para encender la hoguera, que a su vez simboliza la confianza en volver a la civilización (Historiadores Histéricos, 2009; Moradan, 2019). Sin embargo, Piggy se convierte en el blanco de burlas y abusos, y su voz es constantemente aplastada por la fuerza y la irracionalidad de Jack y su grupo (Cardona, 2019; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Rueda, 2019). Su muerte a manos de Roger, el miembro más cruel de la tribu de Jack, marca el punto culminante de la pérdida total de la razón y la moralidad en la isla (Cardona, 2019; Moradan, 2019; Padalino, 2022). La incapacidad de Ralph para hacer cumplir los pactos y mantener su autoridad, a diferencia de Jack que impone su voluntad por la fuerza, permite que
la barbarie se apodere de la isla (García Amado, 2015; Martínez Rodríguez, 2021).
En definitiva, desde esta perspectiva se subraya que la barbarie en El Señor de las Moscas no
es una fatalidad biológica o innata, sino un proceso socialmente inducido por la ausencia de normas, la manipulación del miedo y la supresión violenta de la razón y la verdad (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Rueda, 2019; UNAM Mirador Universitario, 2021). Golding, a través de esta fábula moral, invitaría a reflexionar sobre la importancia fundamental de la socialización, la educación y el respeto a las reglas y el diálogo para mantener la cohesión social y evitar el descenso al salvajismo (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Barrio, 2021; UNAM Mirador Universitario, 2021). La novela puede ser leída como una poderosa advertencia sobre lo frágil que es la civilización cuando se desvanecen sus cimientos sociales y éticos (Historiadores Histéricos, 2009; Moradan, 2019; UNED, 2020).
6. UNA REFUTACIÓN EMPÍRICA DEL PESIMISMO: EL CASO ‘ATA SEGÚN RUTGER
BREGMAN
Las interpretaciones predominantes (también sus usos como recursos de aprendizaje y reflexión en ciencias sociales) de El Señor de las Moscas, que señalan una supuesta naturaleza humana innatamente egoísta y violenta o la fragilidad de la civilización, encuentran un contrapunto desafiante en la obra del historiador Rutger Bregman, Dignos de ser humanos (2019/2021). En un capítulo de este libro (titulado oportUNAM Mirador Universitarioente «El Señor de las Moscas en el mundo real»), Bregman cuestiona la universalidad de estas visiones pesimistas, argumentando que la historia de Golding, lejos de ser una parábola universal sobre la condición humana, es un reflejo de las ansiedades psicosociales de su autor y su época, y que, de hecho, la evidencia histórica sugiere lo contrario sobre nuestra capacidad de cooperación. El historiador sostiene que la doctrina de la depravación humana no tiene por qué prevalecer como verdad, especialmente cuando sus predicciones apocalípticas no se
cumplen en la práctica, desafiando así a quienes tildan de ingenua la defensa de la bondad humana.
El núcleo de la argumentación de Bregman se basa en la narración de un suceso real que
replica las condiciones de la novela de Golding, pero con un resultado diametralmente opuesto (Miguel, 2021; Narbona, 2024). En junio de 1965, seis jóvenes estudiantes de un colegio católico de Tonga naufragaron en la remota isla de ‘Ata, en el Pacífico, y sobrevivieron durante quince meses. A diferencia de los personajes de Golding, estos adolescentes, lejos de sucumbir a la barbarie, demostraron una notable capacidad de cooperación y organización social. Desde su llegada a la isla, establecieron normas claras: se prometieron no discutir, rotaron las tareas diarias (cultivo de alimentos, cocina, vigilancia del fuego), y crearon un sistema para resolver conflictos mediante breves separaciones y apretones de manos.
Los chicos de ‘Ata cultivaron un huerto, construyeron un gimnasio y una pista de bádminton, y
hasta fabricaron un rudimentario instrumento musical. Un aspecto clave que los diferencia de la ficción de Golding fue su compromiso inquebrantable con el mantenimiento de una hoguera para enviar señales de socorro, una tarea en la que los personajes de El Señor de las Moscas fracasaron repetidamente. Incluso cuando uno de ellos se rompió una pierna, fue cuidado y asistido por los demás hasta su recuperación, mostrando una profunda solidaridad. Este suceso, que concluyó con su rescate en septiembre de 1966 gracias a su constante señal de fuego, fue un testimonio de amistad y colaboración que perduró el resto de sus vidas. Bregman señala que esta es una historia que no se conocía y que es mucho más que una novela, es historia olvidada que debería cuestionar (o como mínimo matizar) el recurso al relato de Golding como paradigma.
Bregman resalta que este caso real desmonta la idea de que los seres humanos son
innatamente malvados o salvajes cuando se diluyen las estructuras civilizatorias. La historia de ‘Ata, a diferencia de la novela de Golding, sugiere que en situaciones extremas prevalecen la bondad, la cooperación y la capacidad de construir orden social. El historiador holandés subraya que William Golding, influenciado por sus propias experiencias y una visión personal pesimista, admitió que escribió El Señor de las Moscas desde una «triste idea de sí mismo». Esta perspectiva personal del autor, y su decisión de excluir personajes femeninos por considerarlos ajenos a la representación de la sociedad en su descenso a la barbarie, deberían mostrar que la obra es más una alegoría de sus propias angustias y una construcción cultural específica que una verdad universal sobre la naturaleza humana.
El trabajo de Bregman nos invita a distanciarnos de la noción de que la barbarie es una suerte
de fatalidad biológica, innata. Sugiere en cambio que la violencia y el egoísmo son más bien
subproductos de construcciones sociales y culturales, y que, ante la ausencia de normas formales, la tendencia natural del ser humano no es necesariamente la desintegración, sino la búsqueda de nuevas formas de cooperación y organización para sobrevivir y prosperar (Narbona, 2024). La idea hobbesiana de que la civilización tan solo nos proporciona una fina (y rompible) capa de protección frente a nuestra dañina naturaleza no se cumple. De hecho, en condiciones de adversidad extrema, la cooperación puede fortalecerse, y la solidaridad emerger como respuesta a los desafíos. Esto invita a recurrir a El Señor de las Moscas de forma diferente a la acostumbrada a la hora de hablar sociológicamente del conflicto y la violencia, alejándonos de explicaciones esencialistas y teniendo más presentes las dinámicas sociales, culturales y contextuales que realmente moldean el comportamiento humano. El problema, según Bregman, no sería la naturaleza humana, sino la civilización que hemos creado.
7. MÁS ALLÁ DE LA BESTIA: EL SEÑOR DE LAS MOSCAS DESDE UNA PERSPECTIVA
SOCIOLÓGICA
La novela de Golding puede ser leída como una parábola sobre la maldad humana, sobre la
condición innata y agazapada de esta maldad. También ha sido interpretada como el fruto de una idea negativa de sí mismo por parte del propio autor y como un reflejo del pesimismo colectivo de la posguerra mundial y el comienzo de la guerra fría (Moradan, 2019; Barrio, 2021; Narbona, 2024). Sin duda, como se ha expuesto a lo largo de este trabajo, resultan fundamentales las lecturas que resaltan sus ecos hobbessianos (el hombre es un lobo para el hombre) y su apuesta filosófica por la concepción de la violencia como algo instintivo que se desata cuando se diluye la sociedad (o la civilización). El hecho de que transcurra en una isla desierta y esté protagonizada exclusivamente por niños la convierte además en una ficción muy poderosa para hablar y pensar sobre la naturaleza humana (o sobre el estado de naturaleza del ser humano). Todo lo anterior la hace sin duda atractiva para recurrir a ella, como también ha mostrado este artículo, desde la sociología. Pero también para la sociología, en el sentido en que resulta una historia tremendamente atractiva a la hora de ilustrar conceptos sociológicos
básicos. Por ejemplo, el cómo nace o se replica una sociedad; el cómo se instituyen normas y roles (y cómo se rompen o cuestionan); cómo la socialización (con la que los niños llegan a la isla) juega un papel clave a la hora de responder a un entorno nuevo, quizá tan nuevo que da lugar a una nueva socialización (porque se llega a un mundo distinto en el que lo aprendido no sirve o no sirve del todo); el cómo el miedo (o las emociones en su conjunto, porque entran en juego otras a lo largo de la historia) operan como catalizadores de experiencias y conductas colectivas, etc.
Pero el poder de esta ficción literaria reside particularmente en su desarrollo argumental, en lo
que acaba ocurriendo en esa isla y con ese grupo de niños, en el enfrentamiento y la violencia que se desata entre ellos.
Lo que nos trajo hasta aquí es la cuestión de qué podemos decir sociológicamente hablando de
esa violencia, qué estaría mostrando, de qué sería resultado. Desde la sociología no podemos recurrir al instintitivismo o al pesimismo antropológico como fuentes explicativas. Ambos lo son o pueden serlo en el plano filosófico o de las creencias. En todo caso, si se hace escrutinio de los componentes sociológicos de esta distopía, sí puede afirmarse que esta resulta alentada por ellos. Pero se trata aquí de promover el recurso a la novela para entender el enfrentamiento y la agresión de la misma forma que puede recurrirse a ella para hablar, como acabamos de decir, de sociedad, socialización, normas, roles, instituciones, orden social… Si es con esa intención, debe recurrirse a otras nociones alejadas de lo innato o lo congénito. Desde el punto de vista sociológico, los agresores se hacen, no nacen. Nadie nace siendo nada en particular, ni ejemplar ni asesino (Giddens y Sutton, 2013/2014; Gil Villa, 2013).
Sí que podemos recurrir a la novela para explicar la violencia sin lastres deterministas. Y
podemos hacerlo además apoyándonos en la refutación que el trabajo de Rutger Bregman Dignos de ser humanos (2019/2021) representa para el realismo de lo narrado en la novela, para su capacidad de ser extrapolada como una verdad universal sobre la naturaleza humana. Precisamente por ello, podemos ilustrar a través de El Señor de las Moscas que la génesis del conflicto o la agresión es social, no congénita. Como han argumentado algunos de los trabajos revisados para este artículo, la voluntad de dominar o el egoísmo son más bien subproductos de construcciones sociales y culturales, y es precisamente en el entramado de estas dinámicas donde la sociología puede ofrecer herramientas de análisis más útiles para comprender y, en última instancia, intervenir en los problemas sociales.
Uno de los conceptos que mejor nos ayuda a entender (sociológicamente) los sucesos en la isla
es el de la desorganización social. Se refiere al fracaso de lo socialmente instituido y compartido y a la desintegración de los vínculos y controles que mantienen el equilibrio u orden social. Se caracteriza por la quiebra de un modelo de normas y valores sociales, por la ruptura de las reglas del juego y, tras ella, por el colapso de las bases del consenso social. Es una situación de carencia de orden, control y valores compartidos que, a diferencia de la violación de las normas por parte de un solo individuo, que refuerza el orden por la reacción del resto de la comunidad, lo destruye, es un factor de ruptura de esa comunidad.
La novela ilustraría la noción de desorganización social. Al llegar, los niños intentan establecer
un orden social que imita el mundo que conocen. La caracola, la asamblea y la hoguera son ejemplos de instituciones sociales incipientes, concebidas como patrones de comportamiento y hojas de ruta que orientan la conducta y se fundan en un sentido inicialmente compartido de cooperación y rescate. Sin embargo, este consenso comienza a resquebrajarse a medida que lo que es normal o bueno o debido para unos, no lo es o deja de serlo para los otros. Esta pérdida de consenso, una faceta central de la desorganización social, lleva a una disputa por el liderazgo entre Ralph y Jack, sin perjuicio de que, lógicamente, sus rasgos de carácter, racional uno, autoritario otro, jueguen un papel o ayuden a entender su pretensión o capacidad de liderazgo (no hay que olvidar que estamos ante personajes de novela).
A medida que la desorganización social avanza, los niños comienzan a construir sus diferencias
de manera visible y simbólica, pintándose, distanciándose físicamente, acuartelándose…. La quiebra del orden social instaurado tras el accidente, que reflejaría la socialización previa, no se produciría por el afloramiento de un salvajismo innato, sino como resultado de su desintegración cuando las instituciones (elección del líder, toma de decisiones mediante el voto, turno de palabra, trabajar prioritariamente por el rescate) y sus normas son cuestionadas y desobedecidas. Lo que es más revelador es cómo, en esta situación de desorden, surgen órdenes alternativos y formas de organización social que compiten entre sí. El grupo de Jack, articulado en torno a la caza (e inicialmente a la gratificación lúdica que esta desprende), sus pinturas corporales y su obediencia incondicional, ejemplificaría un modelo de organización política y cultural alternativo surgido como consecuencia de la desorganización social.
La novela puede ayudar por tanto a ilustrar las nociones de conflicto y violencia vinculándolas a la noción sociológica de desorganización social, al hecho de que la sociedad que se establece
inicialmente en la isla se desintegra o divide en dos. Podría decirse que en la novela asistimos al establecimiento o institución de normas y roles con base en una intención o sentido inicialmente compartido, pero que luego resulta cuestionado por una parte del grupo, quizá no la finalidad última (volver a casa), pero sí en el qué hacer además de eso o mientras tanto (centrarse en protegerse y ser rescatados o divertirse). La novela mostraría la relación entre la ruptura del consenso en torno a lo instituido (y sus normas y roles) y el conflicto o disputa por el liderazgo (o por el poder político). Asimismo, la historia permitiría observar cómo lo que es bueno o debido para unos, no lo es, deja de serlo, para los otros. Y cómo eso hace que los niños construyan esas diferencias, se desorganicen socialmente primero, se dividan después y acaben reorganizándose socialmente en torno a esa división (o enfrentamiento).
El enfrentamiento entre Ralph y Jack no sería solo una lucha por el poder, sino un conflicto social por los valores y los recursos escasos. Desde la perspectiva de la sociología, el conflicto es un proceso permanente que puede unificar a los grupos en liza que muestra además como los apetitos y deseos destructivos pueden ser también definidos socialmente (Giner, 2010). Trabajos como los aquí revisados, como por ejemplo los de Cardona (2019), Urraco Solanilla y Martínez Moure (2019) o Rueda (2019), aluden a la articulación de grupos (el de Jack, el de Ralph) en torno a la convicción de que existe un enemigo al que atacar o del que huir. La lectura de Sara Martín Alegre (2019) propone que la novela de Golding puede interpretarse como una crítica a la masculinidad patriarcal (representada por Jack) agresiva y jerárquica que instrumentaliza el miedo y justifica la violencia.
Por todo lo anterior, y en conclusión, El Señor de las Moscas representa un escenario sugerente
para mostrar cómo las estructuras sociales, la socialización, la construcción y desintegración de normas y roles, las dinámicas de grupo y la manipulación del miedo se entrelazan para dar forma a la conducta humana. Con base en el trabajo de Bregman (2019/2021) y su refutación de que lo que ocurre en la novela resulte realista e inevitable, cabe extraer de la novela explicaciones de la violencia más asentadas en dichas nociones, más sociológicas o criminológicas que filosóficas. Y cabe dotarla de un nuevo potencial didáctico en las aulas de ciencias sociales. Uno centrado en lo que va ocurriendo en la isla, en la comunidad que forman los niños y en sus actos. Uno que no resulte lastrado por la búsqueda de la (supuesta) bestia que llevamos dentro.
8. BREVE CONCLUSIÓN
El artículo ha propuesto una lectura sociológica alternativa de El Señor de las Moscas, más allá
de las interpretaciones que conciben la novela como una parábola pesimista sobre la naturaleza humana. Tradicionalmente, la obra de Golding se ha leído desde su alineamiento con la concepción hobbesiana de un hombre al que la civilización debe sujetar (aunque lo haga precariamente) ya que alberga impulsos primarios de egoísmo y violencia (García Vidal, s.f.; Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019).
La revisión de un nutrido conjunto de lecturas de la novela, con claves más sociológicas, invitan a argumentar que la violencia y el conflicto en la isla podrían ser vistos, fundamentalmente, como productos de construcciones y dinámicas sociales, más que de una fatalidad innata. En este sentido, el trabajo de Sara Martín Alegre (2019) interpreta la novela como una crítica de la masculinidad patriarcal en confrontación con modelos alternativos, y no como una reflexión sobre la humanidad en general. Asimismo, otros trabajos han enfatizado el papel del miedo como catalizador social de la violencia, manipulado para justificar la crueldad y establecer un régimen autoritario, en lugar de ser un instinto incontrolable (Urraco Solanilla y Martínez Moure, 2019; Rueda, 2019).
El trabajo de Rutger Bregman (2019/2021) que contrapone lo narrado en la novela con lo
ocurrido realmente en la isla de ‘Ata demuestra que, en condiciones extremas, la cooperación y la organización social pueden prevalecer sobre la desintegración (Bregman, 2019/2021; Narbona, 2024). Este contrapunto fortalece el aserto sociológico de que los agresores no nacen sino que se hacen (Giddens y Sutton, 2013/2014; Gil Villa, 2013); e invita a adoptar la noción de desorganización social – caracterizada por la quiebra de normas y valores compartidos– como una herramienta analítica más pertinente para comprender la violencia en la isla.
Se trata así de dotar a El Señor de las Moscas de un nuevo potencial didáctico en las aulas de
ciencias sociales. Al abordarla desde una perspectiva sociocriminológica, más atenta a las dinámicas de grupo, la socialización y la construcción de normas, la novela se convierte en un recurso valioso para ilustrar y pensar las complejidades de la sociedad y la violencia, alejándonos de explicaciones esencialistas y desactivando la poderosa idea de la bestia interior en favor de una comprensión más profunda de los factores sociales que moldean el comportamiento humano.
REFERENCIAS
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[1]Este artículo desarrolla por escrito los argumentos presentados mediante comunicaciones orales en dos congresos el pasado
año 2024: el XV Congreso Español de Sociología (en el Grupo de Trabajo 40 Enseñanza de la Sociología), celebrado en
Sevilla del 26 al 29 de junio, y el X Congreso El género distópico: Lecturas e interpretaciones